La palabra aborto, del latín abortus, aboriri, significa Ab = Separación, privación y Oriri = Levantarse, nacer, aparecer. Es decir, privar su nacimiento o manifestación.
Ya se trate de algo que ocurre en forma espontánea (natural) o provocada (voluntario o por un acto coercitivo), nada de lo que rodea este acontecimiento se asocia a gozo, alegría, ni esperanza…ya que se está impidiendo la manifestación de la vida, algo inherente a nuestra esencia más profunda.
De hecho, el temor más profundo y último de la humanidad es la muerte misma. Esta es una de la razones por la cual nos estremecemos cuando algún ser querido fallece, nos enteramos o presenciamos un suicidio o somos testigos de la muerte de un bebé o niño en la plenitud de su vida, todos hechos que rara vez dejan inmutable a un ser humano en su sano juicio.
Ese mismo ser humano en formación, que la ciencia llama embrión o feto, y al cual sus padres denominan “mi bebé” o pronuncian su nombre aún antes de ser viable médicamente, desde el mismo momento de la fecundación es un ser individual, único, e irrepetible, con una auto programación asombrosa, de la cual los científicos apenas comprenden la punta del iceberg, y que en forma maravillosa se desarrollará para convertirse en alguien como yo, como tú, como tus hijos…o pon aquí el nombre de quien ames más.
Este embrión o feto no pidió venir, no quiere morir, no entiende aún de tiempos inoportunos, de errores de adultos, de abandono, de temores ni situaciones humanas límites. No obstante, se transforma en un conveniente chivo expiatorio, inocente y sin culpa, víctima de las causales que cada sociedad quiera esgrimir en un juicio tácito cuyo veredicto y sentencia final es: ¡ERES PRIVADO DE MANIFESTARTE O NACER!
Esto es lo más parecido al cordero pascual, nuestro Señor Jesús, que, desde su infancia precoz, según relata el evangelio en Mateo 2:13, fue señalado para morir: “Después de haberse marchado ellos, un ángel del Señor se apareció a José en sueños, diciendo: «Levántate, toma al Niño y a Su madre y huye a Egipto, y quédate allí hasta que yo te diga; porque Herodes quiere buscar y matar al Niño»”.
No nos confundamos, el aborto es una cultura de muerte. Para aquellos que creen en Dios, atentar contra un ser inocente es violar la ley del Creador. Para los que no reconocen que existe un Dios, la invitación es a mirar en forma no sesgada el milagro de la vida que se está formando, desde el prisma científico que escojas, ya sea biológico, genético, inmunológico, te sorprenderás de que “todo trabaja” para que ese ser crezca, se desarrolle y pueda tener la oportunidad que hemos tenido tú y yo.
Mauricio Lagos
Neonatólogo y
Médico Pediatra


