»Reformando la educación para reedificar una nación: un proceso de paternidad.

La educación (representada, en este caso, por el trabajo en aula) es un espacio simbólico del gobierno: el primer sistema en el cual el niño se ve inmerso en la sociedad y donde aprende a sobrevivir y destacar entre sus pares por sus diferentes aptitudes. Se generan instancias de consejos de curso, debates, presidentes, tesoreros, secretarios, encargados de esto y aquello: toda la estructura de un gobierno organizado. Discutir sobre educación es discutir también sobre política: el alumno se desenvuelve en el aula como el ciudadano en la sociedad y es, asimismo, este espacio, donde se lleva a cabo la formación de quienes legislan y gobiernan: donde surgen los profesionales que cambiarán el mañana. Reformar la educación es buscar la manera de reedificar la nación; qué aspectos tratar y cómo hacerlo son las nociones fundamentales de este proceso.

aprender
Desde antaño que ‘pingüinos’ y universitarios han manifestado la necesidad de cambios legislativos, comenzando, por ejemplo, a principios del siglo XX, con la fundación de la FECH (Federación de Estudiantes de Chile). Desde entonces, han venido oleadas de ideas reformadoras en la educación por parte de los sectores secundarios y superiores. Para precisar más, en los últimos años – desde el 2006, con la “revolución pingüina” –, el alumnado intenta sumergir la política del gobierno en favor del cumplimiento total de sus peticiones. Hay tres agentes modeladores si de educación hablamos: el alumno, el docente y el Estado. Respecto al primero se debe tener en cuenta que no es la totalidad de ellos quienes están interesados por aprender y asistir al aula, lo cual está dado generalmente por la cultura que lo rodea desde niño. Por ejemplo, hay factores que trabajan en la mentalidad de un niño, llevándolo a buscar otras posibilidades aún dentro del establecimiento educacional: programas de televisión que incentivan una vida sexual prematura o a la violencia, la memorización de mundos imaginarios y/o personajes que logran todo con magia o poderes no humanos, entre otros. Estos agentes pueden desencadenar relaciones amorosas a destiempo, peleas, rendición deshonesta de exámenes, adquisición de fármacos y drogas entre pares, etc. Idealmente, para evitar situaciones como las descritas, el “factor alumno” debe ser forjado desde el núcleo familiar, bajo la tutela de padres que lleven a cabo una paternidad plena, fomentando la necesidad de aprender y mejorar a través de la adquisición intelectual de diversas materias.

En cuanto al docente, este debe recibir una adecuada preparación y prácticas supervisadas apropiadamente para obtener su título. La suma de capacidad, vocación y conocimiento – características que por separado no funcionarían eficazmente – dan como resultado un buen profesional. El profesor debe ser capaz de alimentar con sus conocimientos a los alumnos, satisfaciéndolos y procurando el correcto desarrollo personal e intelectual de ellos. Sin vocación – o amor que se tiene hacia lo que se hace –, es difícil tener la paciencia y disfrutar de ser un maestro; sin la capacidad, por muchas ganas que tenga de hacerlo, el profesor no podría enseñar a sus alumnos apropiadamente; asimismo, si no se tiene el conocimiento adecuado no se lograría realizar la labor docente, es decir: sin alimento, no se puede alimentar. En resumidas cuentas, el profesor debe ser como un padre para el alumno y poder ser como una luz en su camino de formación.

Referente a la función del Estado, amerita en esta ocasión detenerse un poco más. Actualmente, el gobierno democrático de Chile, en todo lo que representa la palabra ‘democracia’, está siendo afecto de la implicancia del pueblo en su política estatal. Esta ‘re-pública’ estudiantil, se hace cada día más una ‘cosa’ del ‘pueblo’, donde ninguna medida tomada por el gobierno, respecto a las políticas propuestas para mejorar la calidad educacional es aceptada por los estudiantes, oprimiendo cada vez más fuertemente con sus ideales manifestados en represiones sociales llevadas a cabo, incluso, ilegalmente. Sin duda, este tipo de manifestaciones han ido creciendo y acrecentándose en el pasar de los años ¿Qué pasará el día de mañana?

Los diversos gobiernos a lo largo de la historia, han propuesto distintas y múltiples opciones en sus diferentes períodos para mejorar la educación, dependiendo de las circunstancias-país que se vivan en el momento y acarreando aciertos y desaciertos de cada gobierno anterior, sin embargo, el concilio nunca ha logrado ser satisfactorio entre las partes o, al menos, no en su totalidad. Educación pública gratuita, de calidad y sin lucro, en todos los sectores y niveles educativos, bajo una fiscalización eficiente por agentes tanto gubernamentales como pertenecientes a lo académico; profesorado y alumnado, pareciera, en un principio, ser una solución efectiva y contundente al conflicto y que terminaría con la disensión de las partes involucradas.

Ahora bien, no obstante esta solución que se ve tan favorable y que, a grandes rasgos, es la principal pancarta de los estudiantes, nadie puede prohibir que los quintiles económicamente mejor situados se agrupen en cofradías o también individualmente para mejorar la educación de sus hijos de manera elitista. A través de contrataciones particulares, para enseñar con mayor calidad es posible consolidar nuevamente una brecha desigualitaria, aun más profunda que la actual. En este sentido, la que hoy puede ser una gran solución, se convertiría en un problema para las generaciones del mañana, así como aquello que no fue solucionado ayer, es el problema de las generaciones actuales.

Hay, aquí, una palabra clave: generación. Las distintas generaciones van teniendo diferentes carencias y van naciendo en períodos históricos que no son iguales el uno con el otro. El problema siempre ha estado y, tal vez, la solución que hoy se dé mañana no tendrá ninguna implicancia en las necesidades futuras. No es posible llegar a una transigencia que deje a todas las partes satisfechas: alumnos, profesores y Estado. Lo que hoy piden los estudiantes basados en los DDHH sobre que la educación debe ser igual para todos, es una petición totalmente válida. Sin embargo, dándose besos frente a la Moneda, prendiendo velas, haciendo performances artísticas o marchas desastrosas por las calles del país, no se logrará establecer ningún acuerdo. Pasaron muchos rechazos antes que el alumnado decidiera, por fin, entablar una mesa de diálogo con el Estado, ¿por qué?

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Es necesario hacer política, como alguna vez se hizo en el mundo antiguo, para reformar la educación y, desde aquí, preparar a los legisladores del mañana. La política era la actividad más noble que un hombre pudo haber desarrollado en la polis: los ciudadanos velaban por el bien común de la nación y se sometían a las reglas que mediaban lo prohibido de lo permitido. Hoy en día se ha perdido la ‘noble actividad’, teniendo el supuesto de un ‘político’ como si fuese un ser ladrón y mentiroso. Es necesario, con suma urgencia, cambiar esta imagen, pues, si bien el alumnado actual no se manifiesta de una manera ejemplar, tampoco lo hace el sector del Estado en la medida en que sus legisladores dan cuenta de políticas que no benefician el bien común, sino que solo a ciertos sectores del país.

La solución no va en que la educación sea gratuita y de calidad, esto es un problema de paternidad. El hijo necesita buenos padres, los alumnos tutores adecuados y, el pueblo, gobernantes que caminen en la luz de la verdad y legislen acorde al diseño de la nación. Un padre sabe lo que su hijo necesita y no vela por el bienestar propio antes que el de sus niños ¿o acaso hay uno que si su hijo le pide pan le dará una piedra?, ¿o si pescado, en lugar de este, le dará una serpiente? (Adaptado de Mt 11:11). Cuando el gobernante sabe ser un padre, el pueblo lo respeta y se somete a la ley pues comprende que es lo mejor ¿o acaso Israel negoció con Dios alguna ley?

La Biblia habla que la semilla de mostaza “es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas” (Mt 13:32). Si bien esta parábola es referida para explicar el Reino de los Cielos, quiero tomarla para explicar un principio básico que existe en todo ‘cambio’. Imaginemos que la semilla son todas las ideas que se tienen ahora para poder reformar la educación y que lógicamente darán un gran fruto, logrando muchos beneficios para esta y el país en general. Suponiendo que plantamos la semilla hoy y la vamos a ver en un año más ¿es acaso la gran hortaliza?: por supuesto que no;. los cambios educativos que se requieren son un proceso político lento. La necesidad de desprivatizar algunos colegios y municipalizar otros, que la usura ya no forme parte del sistema educativo y la calidad formativa sea igual para todos son las hortalizas a las que opta esta generación, pero la semilla no crece de la noche a la mañana, ni de un año a otro: es un proceso largo en el cual hay objetivos a corto, mediano y largo plazo. Las generaciones de ayer hicieron su parte, las de hoy están luchando por alcanzar sus sueños, las de mañana deberán aprender a realizarlos.

Por Gabriel Muñoz, Licenciado en Literatura por la Universidad Alberto Hurtado. Estudiante de Magister en Arte, Pensamiento y Cultura Latinoamericana, IDEA, Universidad de Santiago de Chile.

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