Por Marcelo Alvarado

Hipersexualización. Una realidad latente en nuestra sociedad: ¿cómo enfrentarla?

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El comportamiento de una persona se ve influenciado por el medio, es decir, si un niño pequeño habla obscenidades es muy probable que entre sus cercanos encontremos el uso de dichas palabras. Los problemas que tenga un niño pequeño están vinculados a los desórdenes y problemas que tengan los padres. La única forma de tratar estas costumbres es bajo la guía del Espíritu Santo y un corazón decidido a sanar y a recibir los tratos del Padre.

Quiero hablar sobre la hipersexualización, la cual está definida como: “la manifestación de características sexuales propias de edades más avanzadas en etapas de la vida temprana” y puede verse, por ejemplo, en la forma de vestir, tipos de videos, tipos de juegos, uso de accesorios corporales, comportamientos sugerentes, pinturas faciales, etc. Las adquisiciones de algunas de estas características son por imitación o impuestas.

El propósito que el Padre ha depositado en nosotros, por su amor, puede ser frenado por nuestro corazón. Según la NCTSN (The National Child Traumatic Stress Network), los comportamientos (sexuales) de un niño están vinculados a tres factores: 1) la edad del niño ,2) lo que los niños observan (en el comportamiento sexual de familiares y amigos) y 3) lo que al niño se le enseña, incluyendo creencias culturales y religiosas acerca de la sexualidad y los límites en relación a su cuerpo y el de otros.

Existen etapas de desarrollo que deben ser respetadas, puesto que en ellas ocurren hechos que sirven de cimiento para etapas futuras o actividades complejas, por ejemplo: en el aspecto motor, desde el punto de vista médico, no podemos pedir a un paciente que se siente o repose si aún no sostiene la cabeza o pedirle que corra si aún no camina. En el escrito del Apóstol Pablo[1], a una persona que aún se alimenta de leche, no podemos darle a comer carne. En el caso de la sexualidad, esta va acompañada por cambios biológicos (como la pubertad) y cambios en la mentalidad que deben ser guiado por el Espíritu Santo. Una niñez y pubertad sana son fundamentales para un normal desarrollo y el posterior rol como padre/madre o esposo/esposa.

En este sentido, la práctica sexual, por ejemplo, debe ser exclusiva para el matrimonio. Es necesario educar así a los hijos, en concordancia a los preceptos del Reino, pues de esta forma vamos construyendo una cultura. Los problemas no resueltos junto con las disfunciones que tenemos, marcarán el desarrollo de nuestros hijos y, a su vez, influyen en la formación de la cultura. Aunque evidentemente este es solo un aspecto de la formación cultural.

Por lo expuesto, debemos cuidar lo que nuestros hijos ven, escuchan, quienes los rodean, quienes los educan y así dar a ellos las herramientas para su normal crecimiento y autocuidado. De esta forma, ellos crecen en una cultura de Reino y se acostumbran a vivir en ella. Y para guiarnos en este cometido está la voz de nuestro buen Dios[2].

La inmadurez personal es un área en donde podemos equivocarnos, por eso es necesario generar instancias y espacios para que nuestros hijos puedan crecer en forma íntegra y no limitar su desarrollo. Entendiendo que la educación sexual es una labor fundamental que corresponde a los padres y/o a las familias, puesto que ellos son los responsables de sus hijos y no el Estado, ni cuerpos docentes, ni instituciones no gubernamentales u otros ajenos al seno familiar. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello” (Pr 1: 8-9).

Notas:

[1] 1 Corintios 3:2.

[2] Isaías 9:6.

Marcelo Alvarado G.
Kinesiólogo, Universidad Santo Tomás
Diplomado en enfermedades respiratorias del niño y del adulto, Respira Chile – U. Andrés Bello  
Iquique, Chile

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