Por Fabián Farías

El gran profesor: aprendamos lo realmente importante

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Desde que era un niño he escuchado sobre la importancia de la educación en la vida, también sobre el hecho de que trabajar es una obligación y de que estos dos son una ruta ineludible de vida, ya que solo por medio de estos dos podemos desarrollarnos y ser genuino un aporte para los demás.

Hasta aquí es un discurso transversal, creo yo, no solo de esta sociedad sino de la mayoría de personas en el planeta, no es difícil hacer la relación entre educación y trabajo ni tampoco comprender la relación entre trabajo y el dinero que este nos provee, tan necesario para vivir. No obstante, la educación también debiera desarrollarnos como individuos, completarnos a nivel humano – o encaminarnos, al menos – en la ruta de crecer, madurar, encontrarnos con nosotros mismos, con nuestros propósitos, entre otras cosas.

Ahora bien, la educación que se enfoca únicamente en “tecnificar” a las personas solo consigue personas con conocimientos prácticos que responden a una necesidad de mercado –aquí claramente se incluyen economistas, médicos, abogados, profesores, científicos, etc.– pero como intento explicar no considero que el actual modelo de educación integre una formación ética, crítica, empática o con valores. Comprendo que se piense que la educación tradicional en Chile entrega una formación integral a nivel humano, sin embargo, el hecho concreto en la sociedad no da cuenta de esto; damos por normal que las personas con mayor nivel de escolarización cuentan con un aparataje valórico desarrollado, sin embargo, en la práctica vemos que lo realmente importante es minimizado a tener un buen trabajo y un buen sueldo.

El hecho de que no sea un tópico muy conversado, no quiere decir que no sea preocupante y un tema que debamos solucionar: el valor en el desarrollo humano se está perdiendo y eso es algo tremendamente preocupante. Hombres y mujeres que juraron proteger la vida hoy luchan por el aborto, otros que juraron abogar por la justicia no se les mueve un pelo por los derechos vulnerados de los niños abandonados, incluso aquellos tan educados que llegan a representar y dirigir la nación terminan como portada en una noticia de corrupción y envueltos en contrataciones hechas “por debajo de la mesa”.

Frente a esto cabe preguntarse si la educación tradicional -“tecnificadora”- de nuestro tiempo realmente desarrolla a las personas, o más bien, crea exitosos paladines de la eficiencia que, con el mínimo esfuerzo, desean la mayor de las ganancias. No es raro entonces, toparnos con los problemas de nuestra actual sociedad donde la intolerancia, segregación, clasismo, apatía, individualismo entre muchos otros, muestran una  falta de identidad colectiva desbordante donde soy lo que siento y solo sabemos de sentirnos bien, pero muy poco de incomodarnos por los demás, de salir de nuestro metro cuadrado de confort para ayudar a nuestros pares.

La esperanza a esta realidad no es más educación tradicional, me permito decirlo, no creo que sean más títulos los que cambien nuestro corazón ni nuestra falta de desarrollo humano; solo hay una forma para hacernos recapacitar y son las enseñanzas de YESHÚA el Mesías. Ya fue dicho: enseña el bien a tus niños y ni de adultos se descarriarán, valoren la vida porque no es suya, ámense unos a otros, no derramen la sangre inocente, al que no tenga dale aún lo tuyo, al que te roba ofrécele tu perdón, incluso a tu enemigo deséale el bien; solo YESHÚA es fuente de verdad, él es el Gran Profesor que nos enseña lo realmente importante para desarrollarnos como personas y ser un genuino aporte a la sociedad.

Debemos incluir en la educación tradicional conceptos éticos y valóricos bíblicos que entreguen herramientas a las personas para tomar decisiones en función del bien común, de resguardar y respetar la vida en todas sus etapas, de proteger la dignidad humana, animal y vegetal, de proteger al que no puede hacerlo solo, enseñar a perdonar verdaderamente con ánimo genuino de reinserción y no solo intencionar el castigo, enseñar a ser personas íntegras dignas de ser admiradas por su entrega hacia el otro y no solo por lo que posee, inculcar el amor como concepto máximo, que no se vende, no se transa y que se ofrece sin miramientos ni clausulas, como YESHUA nos ha amado a nosotros.

Fabián Farías
Bibliotecario Documentalista
Jefe de Biblioteca San Carlos de Apoquindo DuocUC

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