Por Moisés Cuevas

Reflexiones sobre el incendio del Amazonas: ¿El que consume o el que bendice?

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Hace aproximadamente un mes comenzó a desarrollarse el mega incendio de la selva amazónica, el cual ha traído terribles consecuencias en el presente consumiendo más de 2.5 millones de hectáreas de vegetación nativa, emitiendo altas cantidades de gases de efecto invernadero, destruyendo el hábitat de miles de especies animales y el lugar donde habitaban pueblos indígenas y comunidades rurales, en las cuales ya ha cobrado víctimas fatales. Entre las consecuencias futuras está la reducción del potencial de la selva de absorber gases de efecto invernadero, aumentando aún más los impactos de calentamiento global y cambio climático, además de la erosión de suelo, pérdida de biodiversidad, contaminación y escasez de agua dulce, aumento de riesgo de desastres naturales como desbordes del río, entre otros.

Dadas las características ecológicas de la selva amazónica, no se generan incendios por causas naturales, de modo que la única fuente posible de los focos de incendio que originaron esta catástrofe es la acción humana, y por el contexto histórico y social de fondo, fueron incendios intencionados en favor de abrir campo a terrenos aptos para la agricultura y la ganadería, en su mayoría para el cultivo de soya transgénica para alimentar ganado, y la crianza de ganado vacuno, actividad que potencia aún más la emisión de gases de efecto invernadero.

La catástrofe del Amazonas se veía venir con las políticas impulsadas por el gobierno de Evo Morales dos meses antes del incendio las cuales autorizaban las “quemas controladas” en la selva para descampar terrenos con fines agrícolas, en conjunto con el desmantelamiento de las políticas ambientales en Brasil, en donde el gobierno de Jair Bolsonaro cedió el manejo de la selva al ministerio de agricultura favoreciendo la explotación comercial de la selva. Su desinterés en resguardar este ecosistema se evidenció en la lenta reacción ante los incendios que se desarrollaban, en donde fue necesaria la insistencia internacional para que pudieran tomar cartas en el asunto.

Evidentemente, las quemas controladas en Bolivia no resultaron bien, y el incentivo por el desarrollo ganadero en Brasil impulsó a los agricultores y ganaderos a generar quemas en la selva con la seguridad que quedarían impunes. Por otra parte, se muestra un gran apoyo de la comunidad internacional por combatir este incendio, proponiendo ayuda táctica y financiera, sin embargo, en paralelo con el incendio del Amazonas se desarrollaba otro mega incendio en la selva del Congo, la segunda más importante del mundo, incidente que pasó desapercibido y no se mostró el mismo apoyo por resguardar los ecosistemas, probablemente por el mayor poder económico que representa Brasil. Además, en la actualidad se desarrollan incendios importantes en la selva de indonesia, donde ya se han consumido aproximadamente 300.000 hectáreas por incendios provocados con la finalidad de remplazar vegetación nativa por plantaciones de palma utilizados por la industria alimentaria y cosmética.

Por parte de Colombia, desde que se firmó el acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC, se aceleró el proceso de deforestación del Amazonas, aumentando la tasa de desforestación en un 44% en solo un año y en la actualidad sigue en alza. Las causas de la deforestación son la explotación maderera y el remplazo de la selva por plantaciones agrícolas y crianza de ganado.

En todos estos casos se repite el mismo patrón, una gestión destructiva del territorio en favor de ganancias económicas temporales, desvalorizando la vida que Dios puso en la creación y la propia vida humana al afectar tan severamente ecosistemas claves en el funcionamiento global. La raíz de todo este daño se origina en el corazón de las personas, reflejando la naturaleza caída de un administrador sin Dios, que busca saciar sus necesidades explotando recursos sin parar, y una vez cubiertos vuelve a redefinir sus necesidades para consumir más sin llegar a estar satisfecho. A fin de cuentas, el fuego no consume más que el hambre del corazón humano por generar “ganancias”, cosa que los gobiernos humanos han sabido reflejar por administrar la tierra sin autoridad que proviene de Dios.

El corazón del administrador sin Dios vive con el temor a la escasez del día de mañana, vive con la maldición de satisfacer sus necesidades por la fuerza, con el sudor de su frente[1], y arrastra a la creación a la vanidad de su condición sin propósito[2]. La sociedad global funciona bajo esta lógica de consumo desenfrenado, y financia su “progreso” a expensas de destruir aquello que le brinda bienestar.

“Toda la tierra está en reposo y en paz; se cantaron alabanzas.  Aun los cipreses se regocijaron a causa de ti, y los cedros del Líbano, diciendo: Desde que tú pereciste, no ha subido cortador contra nosotros”. Isaías 14:7-8

En este pasaje el profeta Isaías narra el juicio de Dios sobre el diablo y expresa la reacción de la tierra al ser liberada de su opresión, mostrando la paz que viene a ella y cómo rinde adoración a Dios ante la ausencia del sistema de destrucción al que era sometida. Curiosamente, en esta cita aparece la figura del administrador sin Dios, que explota la tierra sin entendimiento y en acuerdo con la destrucción que el diablo desea traer sobre todo aquello que Dios hizo con bondad.

En contraste con la administración que Dios espera, el corazón del buen administrador busca aportar a su entorno en lugar de consumirlo, mejorando las condiciones para que cada ecosistema exprese el diseño por el cual Dios lo estableció, tomando los recursos necesarios para vivir sin codiciar más allá de lo que necesita. El corazón del administrador con Dios está libre del temor a la escasez, o a que le falte en el día de mañana, porque entiende que quien provee lo necesario para cumplir su propósito es Dios[3], de esta forma no está como un consumidor sobre la tierra que administra, sino como alguien que bendice y que procura que la vida que Dios puso en la creación prospere dándole gloria al Creador.

Quizás no seamos quienes toman las grandes decisiones políticas que afectan nuestro planeta, pero si podemos examinar nuestro corazón a los pies de la cruz, que nos enseñó que cumplir la voluntad de Dios consiste en negarnos a nosotros mismos y entregarnos por bendecir aquello que Dios ama. Podemos examinar las acciones cotidianas que tomamos diariamente y pensar de qué forma estoy bendiciendo mi entorno, al prójimo y a la creación, y aplicando este pensamiento podremos ser la sal que este mundo necesita para hacer las cosas de una forma distinta. Ante esa luz podemos pedirle a nuestro Padre que nos enseñe a ser más como Él, despojándonos del corazón del que consume y aprendiendo a ser como aquel que bendice, de esta forma la tierra entera podrá estar en reposo y verdadera paz.

Moisés Cuevas Cortés
Tesista de Ingeniería en Recursos Naturales Renovables

 Notas:

[1] Génesis 3:17-19 Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.

[2] Romanos 8:20 Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza

[3] Mateo 6:25-26 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?

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