Por Sarai Jaramillo

Creación y mayordomía fiel

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Este año Chile se posiciona como el anfitrión de uno de los eventos más importantes del mundo en esta era. En medio de una discusión social y debate político, en torno a las problemáticas medioambientales, nuestro país es el escogido para organizar la reunión de Conferencia de las Partes (COP) de Naciones Unidas[1]. La temática central de la cumbre abordará el cambio climático y el planteamiento de políticas activas para cuidar de nuestro planeta.

Como cristianos no podemos estar exentos de este debate. En primer lugar, porque es inherente a nuestra identidad el ser guardadores de la creación que nuestro propio padre hizo. Y, en segundo lugar, porque la misma creación gime anhelando nuestra manifestación como hijos (romanos 8:22).

Es decir, fuimos creados y regenerados en Cristo para manifestar una identidad guardadora de la creación, pero mientras no lo estemos ejerciendo la creación gime, clama y muchas veces lo hace a través de maneras muy dolorosas y tan solo cuando vemos los terribles efectos y resultados de su sobreexplotación es que pareciéramos reaccionar.

Es justamente ese efecto reaccionario el que debemos extinguir de nuestra conciencia. Y dejar de vernos solamente como individuos aislados del mundo físico, separando constantemente lo espiritual de lo material (lo cual responde a un pensamiento griego y separatista) y comprender a la luz de la palabra el plan redentor de Dios para las naciones.

En romanos 8, Pablo realiza un ejercicio muy interesante para hacernos ver una dinámica de intercesión de la creación. Anterior a la caída del hombre en génesis, la creación pareciera tener un papel activo en la relación del hombre y Dios, sin embargo, después de la caída, la creación es permeada por la naturaleza caída del hombre. Pablo en romanos 8, nos explica este nuevo comportamiento del ecosistema aludiendo a que fue sujeto a “vanidad”, a la corrupción que venia del hombre. La creación es sensible y responde a la naturaleza del corazón del hombre. Por eso, ella gime (intercede) por la manifestación de los hijos de Dios, hijos que tienen un corazón redimido y que pueden traer verdadera libertad.

Sin embargo, cuando hablamos de cuidado medioambiental pareciera ser un tema no muy popular o común al interior de nuestras iglesias. Suena a una temática “del mundo”, cuando jamás lo ha sido. No hay muchos libros escritos por hombres de Dios que hablen y enseñen sobre este tema, el cual considero debiera ser parte de nuestra cultura de Reino. Nosotros debiéramos ser los primeros en estar atentos a las sequías, a las desforestaciones, a la explotación animal, la contaminación de los mares, las islas de basura, entre otras. Y a su vez, no solo “atentos”, sino quienes desarrollan ideas para una buena mayordomía de los recursos que nuestro mismo Padre nos otorgó.

Hoy más que nunca, se necesita de hijos de Dios que se movilizan como pacificadores de la creación, manifestando una naturaleza de sanidad, de restauración y libertad a los ecosistemas y construyendo una cultura de cuidado a las generaciones. Hijos que no dan lugar a la vanidad y corrupción en el corazón porque saben que esto afecta el ambiente en el cual vivimos. Hijos que toman su posición y autoridad en amor para ministrar la tierra, la herencia que nuestro Padre nos dejó para cuidar.

Un ejemplo para destacar y aprender cómo debemos movernos frente al cuidado de la creación, es el ejemplo del corazón de David. El era un muchacho, el hijo menor de Isaí y tenía un rol: cuidar de las ovejas de su padre. Su ocupación era ser pastor y tal era su nivel de compromiso, que llegó a poner en riesgo su vida por proteger su rebaño. Ese corazón compasivo y valiente fue el que Dios amó y escogió para que gobernara a Israel. En David, vemos el ejemplo de un mayordomo fiel, quien por más que haya tenido a su cuidado simples animales, entendía que era valiosa su tarea y se esforzaba para adorar a Dios de esta manera. Tenemos testimonio de que David era un adorador y un hombre conforme al corazón de Dios.

Destaco el ejemplo de David, porque él supo darle el lugar correcto a la mayordomía que ejercía. Su corazón no estaba en adorar a la misma creación, aun cuando se esforzaba por protegerla, más bien su atención estaba en dar honra y adoración al único creador (nuestro Padre), por medio de sus acciones. Ese es el espíritu que debemos tener al momento de velar por nuestros ecosistemas.

Ya sea que tengamos mucha autoridad o un pequeño espacio de acción, usemos lo que tenemos a la mano para honrar a Dios. Honremos a Dios cuidando nuestro planeta. No importa si eres o no reconocido por hacerlo, pero no pases por alto el velar por la obra de las manos de tu Padre. Quebremos la inercia que el sistema de este mundo quiere que tengamos, y movámonos con un corazón compasivo, el corazón de un mayordomo fiel.

Notas:

[1] Más información disponible en la web: https://www.cop25.cl

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