Por Ángelo Palomino

Feminismo, patriarcado y género. Tres breves reflexiones cristianas.

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Este último tiempo ha estado marcado por luchas feministas que han ido tomando un cada vez mayor protagonismo social, especialmente frente al impacto de los casos de abuso sexual en Hollywood o el caso de “la manada” en España. En Chile, la lucha feminista se ha vuelto palpable con las últimas protestas de colegios y universidades contra aspectos como el acoso y las brechas de desigualdad y a favor de una educación no sexista, entre otros elementos.

En virtud de dicho contexto, es importante deliberar, desde nuestra cosmovisión cristiana, sobre el feminismo, sus luchas, las olas de este movimiento y, entre otras cosas, sobre sus principales categorías o conceptos asociados como son el “patriarcado” y el “género”. Sobre esto último, esperamos reflexionar a continuación.

Comencemos por definir estos conceptos. El patriarcado se entiende, básicamente, como un sistema de organización social caracterizado por la dominación del hombre sobre la mujer, de modo que la mujer es puesta en una situación de inferioridad en los distintos planos y esferas. Por ejemplo, en el plano económico, social o político y desde la esfera del hogar a la vida pública, desde lo académico a lo profesional. Aun cuando existen distintos objetivos específicos (que responden a las distintas corrientes feministas como la liberal o radical), el objetivo central del feminismo gravita en torno a la supresión de las desigualdades entre hombres y mujeres, en general, por medio de la disolución del patriarcado.

Por su parte, el género es una categoría de distinción de la identidad que se establece como alternativa a la distinción tradicional vinculada al componente fisiológico de las personas. Mientras la distinción tradicional se basa en el elemento biológico y sexual, el género se refiere a una construcción social compuesta por el conjunto de creencias, ideas y expectativas que son esperables y normadas socialmente. De ello se derivan los roles de género, que serían los comportamientos y actitudes que deben asumir hombres y mujeres en virtud de lo que se espera social y culturalmente de ellos. Por ejemplo, las mujeres deben ser débiles, sensibles e inseguras, mientras que los hombres deben ser fuertes, racionales y arriesgados. De acuerdo a la perspectiva de género, aquello impactaría en la trayectoria de vida de las personas, por ejemplo en el ámbito profesional, de modo que los hombres ocuparían en mayor medida puestos de autoridad y decisión, como gerentes o dueños de empresas, mientras que las mujeres estarían en trabajos de mayor relacionamiento interpersonal como enfermeras o profesoras.

Frente a este contexto y conceptos, una primera reflexión puede dirigirse en relación al “patriarcado” como consecuencia de la caída del ser humano. El capítulo tercero del libro de Génesis establece que efectiva y lamentablemente existe la práctica de dominación del hombre sobre la mujer[1] (y también el intento de control de la mujer sobre el hombre)[2]. Como cristianos no podemos obviar y desatender esa problemática. Es evidente que la mujer ha sufrido muchísima violencia, opresión y falta de oportunidades y derechos. Ahora bien, no analizamos esto desde la misma lectura social que realiza el feminismo, pues, para el cristianismo, esta dominación es producto del pecado, más (o antes) que concebirlo como un sistema de organización social. Por lo que, evidentemente, las formas y métodos que se consideren para revertir aquello serán distintas. El foco cristiano está puesto en la redención y transformación del corazón del ser humano y su relacionamiento con Dios y no solo en el cambio político, jurídico y social. Esta perspectiva implicaría algo más: que el feminismo no lograría su objetivo final por carecer de Dios y respaldarse exclusivamente en el esfuerzo humano.

“… y desearás controlar a tu marido, pero él gobernará sobre ti.” (Génesis 3:16 NTV)

“…  y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.” (Génesis 3:16 LBLA)

En segundo lugar, como cristianos no podemos ver a hombres y mujeres simplemente desde el lente de “los roles de género” que plantean una “imposición o normativa social y cultural”. Por una parte, porque existen aspectos biológicos que permiten comprender las tendencias distintivas observables entre hombres y mujeres. Si los niños tienden a ser más arriesgados y las niñas prefieren los aspectos emotivos, no será solo producto de una “imposición social”, sino parte de un actuar natural. Por otra parte, porque hay ciertos comportamientos o actitudes que no solo se consideran socialmente femeninos y otros que se consideran socialmente masculinos, sino que también son considerados así por la Palabra de Dios, de modo que como cristianos no pretenderíamos quitarlos, sino promoverlos. Por ejemplo, el comportamiento apacible y afable en la mujer, que hace referencia a la delicadeza, a la tranquilidad, al buen carácter, a no ser brusca o violenta o la solicitud de Dios hacia el hombre de comportarse varonilmente y de que su trato hacia la mujer debe ser como a “vaso frágil”. Por supuesto, evidentemente no todo comportamiento considerado socialmente masculino o femenino es avalado por la Escritura.

“Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos” […] “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”. (1 Pedro 3: 3-5; 7 RVR 1960).

“Estad alerta, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, sed fuertes”. (1 Corintios 16:13 LBLA).

La perspectiva de género comprende que, efectivamente, hay asuntos que se configuran socialmente en la relación entre hombres y mujeres, pero no se puede suprimir o negar el aspecto biológico. De modo que no pensamos apropiado que se conduzca a la mujer hacia comportamientos más masculinos o al hombre hacia comportamientos más femeninos, en un ánimo de deconstruir totalmente “lo masculino” y “lo femenino” o deconstruir totalmente al hombre y la mujer. Aquello que no significa no generar cambios que reconfiguren el panorama social de inequidades que vive la mujer, significa estar a favor de quitar efectivamente estereotipos que, por ejemplo, cosifican a la mujer a través de plataformas publicitarias o de la industria pornográfica, pero comprendiendo también que la configuración correcta de lo masculino y lo femenino, de lo que es ser hombre y ser mujer, se encuentra en el diseño perfecto de Dios. De modo que esas injusticas hacia la mujer, que correctamente puede reconocer la perspectiva de género, han sido producto de la construcción social de un ser humano caído, pero su solución se encuentra en la fuente correcta, en quien los creó.

En tercer lugar y en relación con lo anterior, es necesario evitar mecanismos de discriminación que le impiden a la mujer ocupar determinados puestos profesionales o de alta relevancia política y social. La experiencia de distintas mujeres insignes de la Biblia nos muestra que ser apacible o “vaso frágil” no puede ni debe convertirse en una camisa de fuerza que les impida a las mujeres desarrollarse en las distintas áreas a las que Dios las puede llamar a ejercer una función de autoridad. Como, por ejemplo, el destacado caso de Débora, quien se levantó con autoridad para ser madre en Israel, siendo profeta, jueza y líder militar, como también otras mujeres que fueron valientes y audaces en el cumplimento de la voluntad de Dios para sus vidas y la de sus comunidades. Por ello, no podemos menospreciar a la mujer, sino darle el espacio para desenvolverse acorde al plan y diseño de Dios, especialmente dentro del cuerpo de Cristo, dignificándola como lo hizo Jesús con todas las mujeres, partiendo por nacer a través del vientre materno de María.

“Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28 RVR1960).

En consecuencia, es necesario reconocer la situación de desigualdad y desmedro en la que se ve muchas veces envuelta la mujer en nuestras sociedades, pero desde una mirada y propuestas distintas a como lo hace el feminismo, identificando qué aspectos de la configuración social indicen en ello, no eliminando o “superando lo masculino y femenino”, sino otorgándole el contenido que, como cristianos, encontramos en Dios a través de la inspiración de las Escrituras, dignificando a la mujer con la eliminación de prejuicios y barreras discriminatorias que le impidan su pleno desarrollo, siendo respetuosos de los espacios y funciones a las que Dios las llame.

Ángelo Palomino Díaz

Analista en Políticas y Asuntos Internacionales
Magister en Relaciones Internacionales, Seguridad y Defensa

[1] De acuerdo a Efesios 5:22-24 en el diseño bíblico el hombre es cabeza de la mujer. Pero ello no faculta la práctica de aprovechamiento, dominación u opresión. Por el contrario, el vínculo perfecto es el amor (Colosenses 3:14). Y al hombre en particular le es demandado amar a la mujer como Cristo amó a la iglesia y dio su vida por ella (Efesios 5:25-33).

[2] Cabría preguntarse si acaso en alguna medida ciertas corrientes o prácticas del feminismo decantan justamente en eso.

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